Seguro que eres como yo: el problema no es mío, es de mi pareja. Yo no estoy haciendo las cosas mal, es que él no se entera. YO lo hago todo bien, ¡ÉL ES EL TORPE! De verdad, te entiendo, yo he pasado por eso, y lo he hecho durante muchísimos meses y años. De hecho, llevo más de media vida con mi esposo, y nos hemos casado hace relativamente poco… pero, como todos, tenemos problemas en nuestra relación, y casi todos por malentendidos.
¿Cómo los hemos solucionado? Pues precisamente de eso quiero hablarte, porque la verdad es que, si no hubiésemos hecho todo el proceso de sanación interna que tendríamos que haber hecho desde el principio… quién sabe dónde estaríamos ahora.
¿Por qué me porté como me porté con él?
Mi esposo es un santo, y no lo digo porque lo ame, sino porque es la verdad. Yo vengo de una familia que no es muy buena, que digamos, y yo no tenía NI IDEA de cuánto ha influido eso en mi vida hasta que pedimos ayuda profesional para solucionar nuestro matrimonio. Fue Florencia Poy, una psicoterapeuta a la que le pedí consejo, quien me explicó que muchas veces cargamos con traumas y pesos del pasado que, casi sin darnos cuenta, volcamos en nuestro presente y en todas nuestras relaciones, incluso las más insignificantes.
Y no supe cuánta razón tenía hasta que me puse a analizar las cosas por las que, generalmente, me peleaba con mi esposo, el origen del 100% de las peleas: yo. No, no soy un monstruo, ni una mala persona, ni una manipuladora, ni nada de lo que se te pueda estar pasando por la cabeza. Soy una persona con un pasado muy turbio e intenso que tiene heridas muy profundas en su interior. Y que, como jamás las había tratado, las pagaba con los demás. Los hacía culpables de todo eso que me había pasado. Y, como mi esposo vive conmigo… es el que más lo sufre.
De pequeña me maltrataron psicológicamente, me anularon como persona: dejé de ser yo, porque todo en mí era malo. Mi forma de pensar, de actuar, de vestir, de comportarme… todo era motivo de burla, incluso mi físico (era la exorcista por mi pelo rizado, era la gorda porque estaba un poco rellenita, la bizca porque tengo estrabismo…). Encima, mi familia me insultaba, me humillaba, y, por resumir un poco la historia de mi pasado, incluso me negaban algo tan básico como un desayuno o un buen regalo de reyes: mientras mis hermanos tenían bicicletas y ropa de marca, yo tenía una camiseta de propaganda de las que te dan por comprar un cartón de tabaco (con suerte, a veces no me regalaban nada).
Crecí pensando que no valía nada, que tendría muchísima suerte si alguien decidía pasar el resto de su vida conmigo, porque evidentemente yo era un bicho, una aberración. ¿Quién iba a fijarse en la exorcista y en la bizca de la familia? Era algo inimaginable…
Mi forma de ser condicionada le afectó profundamente a él
Una vez me liberé de mi familia, gracias a él, empecé a comportarme con él de una forma en la que jamás tendría que haberlo hecho. Nos peleábamos mucho, pero como yo era incapaz de ver que todo surgía porque tenía problemas psicológicos que debía resolver, él tenía que tener inevitablemente la culpa de todas nuestras peleas. Déjame ponerte varios ejemplos para que te hagas una ligera idea de hasta dónde llegaron:
Por ejemplo, yo me defendía de mi familia gritando, porque era la ÚNICA forma de que me escuchasen. Entonces, cuando me peleaba con él, inevitablemente no solo alzaba la voz… sino que le GRITABA. Pero por tonterías. Él me hablaba bien, me discutía las cosas… y yo lo convertía todo en una discusión terrible en la que él salía perdiendo, porque encima no atendía a razones. Yo no admitía estar gritando, yo “estaba hablando normal”, así que era incapaz de ver lo que estaba pasando realmente.
Lo que peor llevamos de todo esto es algo que me da mucha vergüenza admitir: las mayores peleas surgieron porque no dejaba que me conociese de verdad. Todo en mí era motivo de risa en mi familia, así que aprendí a negarme a mí misma: mis gustos, mis decisiones… TODO pasaba a un segundo plano para que no se peleasen conmigo. Incluso cedía a todo para que no me hiciesen preguntas: hacía lo que ellos quisieran, todo estaba bien, aunque no me gustase del todo. ¿Qué pasó? Que eso se volcó en mi relación con él, y me costó mucho hacer que me conociese de verdad.
Tenía tan metido en la cabeza que no podía ser como yo era porque la gente se iba a reír que nunca pensaba en lo que yo quería. Era él quien siempre tenía que tomar las decisiones de TODO: qué comprar, qué hacer de comer, cómo poner el papel en el baño, qué hacer el fin de semana, de qué hablar, cuándo llamar a sus padres… Dijese lo que él dijese, a mí SIEMPRE me parecía todo perfecto, porque yo jamás daba mi opinión. Entonces, él no podía comprender qué quería yo de verdad porque no se lo permitía.
Por supuesto, esto también tenía mucho que ver con mis gustos. Jamás le dejaba conocer qué me gustaba hacer, coleccionar, ver en la tele… porque NUNCA hablaba de mí. Hablar de mí era egocéntrico, algo IMPENSABLE, porque yo no era NADA. No era digna de hablar, pensar, sentir… así que NADIE debía prestarme atención.
Eso dio pie a que, cuando estábamos viendo la televisión y, por ejemplo, anunciaban una serie (Embrujadas, por ejemplo, que me gusta mucho), yo dijese de repente algo como “Anda, qué de tiempo”, y él me mirase: “¿Pero te gusta?”. Y yo me ponía nerviosa, empezaba a balbucear… y si encima él me decía de verla conmigo, yo ponía excusas porque no eran de su estilo.
Mi familia me había NEGADO como persona… y mi marido estaba pagando las consecuencias.
El día que vi que mi marido no tenía la culpa de nada… tras casi destruir mi matrimonio
Fue la peor pelea que hemos tenido NUNCA, y ahora soy capaz de admitirlo: fue culpa totalmente mía, no hay más vuelta de hoja. ¿Cómo? Yendo al cine…
Al entrar, me preguntó qué peli quería ver. Yo, como siempre, solté el típico “Me da igual, elige tú”. Por dentro sí tenía opinión, sí había una que me apetecía más, pero no la dije porque me salía automático no molestar, no complicar, dejar que el otro decidiera. Así que al final se eligió una película cualquiera en la que ni siquiera había pensado, porque ni siquiera sabía de qué iba la historia.
Ya sentados dentro de la sala, con la película empezada, empecé a notar que no estaba del todo cómoda, pero seguí sin decir nada. Cuando me preguntó si me estaba gustando, intenté sonar convincente y decirle que sí, que claro que me estaba gustando (aunque por dentro estaba claro que no me estaba gustando nada). Mi marido me conoce a la perfección, y sabe cuándo miento, aunque yo piense que no se nota. Muchas veces me ha pillado mintiendo, y es algo que no soporta, sobre todo cuando son cosas sobre mí, porque piensa que no quiero dejar que me conozca. Pero es todo tan complicado para mí…
Al final se percató de que le estaba mintiendo, de que no me estaba gustando. Ahí salió lo que casi siempre me dice: “Pero si dijiste que te daba igual…”, y el ambiente cambió en dos segundos.
Cuando llegamos a casa, explotó y me dijo que estaba harto. Harto de mis indecisiones, harto de mis gritos, de que no le dejase conocerme… y me dio un ultimátum: o cambiaba mi actitud o me iba a dejar. Pero esta vez de verdad.
Y eso era algo que yo no podía consentir.
Decidimos ir a terapia de pareja… y al psicólogo
Acepté que tenía un problema muy serio conmigo misma gracias al profesional de la terapia de pareja, que también era psicólogo. El hombre escuchó todo lo que mi esposo le contó con suma atención: nuestras peleas, nuestras discusiones y palabras hirientes… y mi pasado, que también se lo contó él.
Cuando empezamos la terapia, pensaba que iba a ser otra conversación donde me iban a decir lo de siempre, que “tenemos que comunicarnos mejor” y poco más… pero no fue así. El psicólogo no se puso de mi parte ni de la de mi marido al principio, solo lo escuchó todo con calma, sin cortar, sin opinar, y eso es algo que agradezco muchísimo.
Después empezó a hacer preguntas muy simples, cosas como “¿Quién decide normalmente esto?”, “¿Qué sientes cuando no dices lo que quieres?”, “¿Qué pasa si dices que no?”. Yo respondía rápido al principio, como para salir del paso, pero él no se quedaba con la primera respuesta. Me hacía repetirlo, mirarlo otra vez, explicarlo más claro, profundizar muchísimo más. Y ahí ya no podía esconderme tanto.
Entonces empezó a señalar patrones sin atacarme. No decía “lo haces mal”, decía “esto se repite”. Y cuando lo escuchaba así, me daba cuenta de que no eran peleas aisladas, era el mismo ciclo repitiéndose en todo.
Y ahí fue cuando empezó a entender lo que estaba pasando, todo lo relacionado con mi familia, y empezó a centrarse más en mí que en él. Y también le dijo a mi esposo algo muy valioso: vuestro problema de pareja surge a raíz de los traumas del pasado. Hasta que no los solucionéis, seguiréis teniendo discusiones.
¿Cómo me ayudó a superar lo de mi familia?
A partir de ahí, la terapia cambió completamente de dirección y empezó a tocar justo donde más dolía: mi familia y todo lo que había normalizado sin darme cuenta. No era solo hablar de peleas con mi marido, era ir a cosas más antiguas, más profundas.
Empezó a hacerme ver cómo había aprendido a callarme, a ceder y a desaparecer para evitar problemas. Me hizo recordar situaciones concretas donde no podía dar mi opinión, donde daba igual lo que pensara porque siempre había alguien decidiendo o invalidando todo. Y lo más fuerte es que yo lo contaba como si fuera normal, y él me paraba y decía “esto no es normal”.
También me trabajó mucho la culpa, esa sensación de que si algo salía mal era porque yo era el problema. Me hizo ver que había vivido mucho tiempo creyendo que molestar era lo mismo que existir, y por eso repetía el patrón de desaparecer.
Con el tiempo empezó a ponerme ejercicios muy simples pero incómodos, como decir una opinión pequeña, elegir algo sin justificarme o decir “esto no me apetece”. Al principio me costaba muchísimo, pero poco a poco empecé a notar que no pasaba nada malo.
Ahí fue cuando empezó el cambio, en mi relación y conmigo misma. Y mi relación sanó.
No tengas miedo de pedir ayuda
Yo no lo hice, y me arrepiento muchísimo. Si tu familia, un amigo o tu pareja te están invalidando o haciendo daño, no te quedes callado: pide ayuda. Hay más personas dispuestas a escucharte de lo que te imaginas.
Solo tienes que abrir la boca y alzar la voz.
Te aseguro que todo mejora… y con el tiempo, se soluciona.

