Rioja y Ribera del Duero son el top de los vinos españoles. Sin duda, son las dos denominaciones más apreciadas. Ya no solo en España, sino que gozan un gran prestigio internacional. Son como el Real Madrid y el Barça del vino español. Como los Beatles y los Rolling Stones. Una rivalidad que funciona como un motor de dos pistones y que colocan a los vinos españoles en unas, cada vez más altas, cotas de excelencia.
Soy de la opinión de que la calidad sale de la cantidad. Y que en nuestro país se pueden producir vinos tan apreciados, porque producimos mucho vino, un vino variado y un vino de calidad.
España ocupa la mayor extensión de viñedos del mundo, superando las 900.000 hectáreas. Somos el tercer productor de vino de Europa, por detrás de Francia y de Italia. En cambio, somos el primer exportador mundial por volumen de litros y el tercero por facturación.
Al menos 8 vinos españoles se encuentran entre los 100 mejores vinos del mundo. Según la revista Decanter, 6 vinos se encuentran entre los 51 mejores del planeta. 40 vinos producidos en España han recibido la máxima puntuación que otorga Robert Palmer, uno de los principales críticos de referencia en el mundo del vino.
Tras la avanzadilla de los Rivera del Duero y de los Rioja encontramos los cavas catalanes, los olorosos de Jerez, los blancos de Rueda, los generosos de Montilla Moriles, los vinos del Priorat y Ribera Sacra y todo un gran abanico de vinos de gran calidad que se elaboran por lo ancho y largo del país,
España tiene una larga tradición vinícola. En la península ibérica, los íberos ya elaboraban vino antes de que llegaran los romanos. Con la entrada de España en la Unión Europa fuimos capaces de adaptarnos a los gustos internacionales, marcados por los estándares del vino francés, de una manera rápida y efectiva. Y entre estos vinos, unos que destacaron fueron los vinos de Ribera del Duero. Veamos por qué.
Una denominación relativamente joven.
Como explica la web de la D.O. Ribera del Duero, el nombre y marca de este vino tiene poco más de 40 años. Se crea con la constitución del Consejo Regulador de la Denominación de Origen en 1982.
En el norte de Castilla se lleva produciendo vino desde hace más de 2.500 años. Como ponen de manifiesto los restos arqueológicos encontrados en el yacimiento vacceo de Pintia, en Peñafiel (Valladolid). Se sabía que en la zona se producía buen vino, pero a diferencia con otras zonas vinícolas como La Rioja; o a otro nivel Valdepeñas, Jumilla o Cariñena, no contaba con un nombre propio. Un nombre reconocible que agrupara a las bodegas de la zona bajo una denominación común.
La idea de crear la denominación de origen surge de la iniciativa de un grupo de viticultores y bodegas locales que se esfuerzan por obtener un reconocimiento de sus vinos tintos. Es así como se plantea la denominación de origen, tomando el río Duero como eje de referencia. Lo que hace que se extienda por municipios de 4 provincias castellanas: Burgos, Valladolid, Soria y Segovia.
Ribera del Duero, como tal, no tiene una historia vinícola común como sucede con otras comarcas o regiones productoras de vino. No es La Rioja, ni Jerez. Lo que hay es un empeño por poner en valor unos vinos que ya se conocía que tenían calidad.
Es precisamente el criterio de la calidad la que hace que se instaure la región vinícola. Por encima, si cabe, del factor geográfico. Esto es lo que ha hecho que una zona que se dedicaba hace 50 años a vender vino a granel sea hoy uno de los vinos más apreciados del mundo.
Características del vino.
El vino de Ribera del Duero tiene unas características propias que hacen que sea claramente identificable. Ya lo dicen los etnólogos de Bodegas Federico, uno de sus productores, una bodega afincada en Pesquera del Duero (Valladolid) y que elaboran sus caldos partiendo de la variedad de uva Tempranillo, la más abundante en la región. Tal y como dicen, el vino Ribera del Duero contiene una variedad de aromas y sabores que no dejan indiferente a nadie. Esas son algunas de sus características más señaladas:
- Intensidad aromática. Son vinos expresivos, con aromas a fruta negra madura (ciruela, mora) combinados con notas especiadas y tostadas procedentes de la crianza en barrica.
- Color intenso y profundo. Los vinos de esta denominación presentan tonos intensos, generalmente rojo, picota oscuro, que anticipan su concentración y estructura.
- Vinos con cuerpo. Son vinos con mucha presencia en boca, bien estructurados y con volumen, lo que los hace ser apreciados por aficionados al vino y por gastrónomos
- Equilibrio entre acidez y alcohol. A pesar de su potencia, estos vinos suelen estar bien equilibrados, lo que permite una experiencia de consumo armónica y elegante.
- Buen envejecimiento. Gracias a su estructura y taninos, evolucionan muy bien con el paso del tiempo, desarrollando mayor complejidad en botella.
- Taninos firmes, pero elegantes Los taninos aportan carácter y longevidad, pero en los buenos Ribera del Duero están bien integrados, evitando sensaciones ásperas al beberlo.
- Notas aportadas por la crianza en madera. En los vinos de crianza y reserva es habitual encontrar matices de vainilla, cacao, café o tostados, resultado del envejecimiento en barricas de roble.
- Una personalidad marcada por la variedad de uva Tempranillo. La uva Tempranillo está presente en muchos vinos españoles, como los Rioja o los vinos de la Mancha, pero en esta zona ofrece vinos más concentrados, estructurados y complejos, fruto de la composición de la tierra y de la proximidad al Duero.
El terreno y el clima.
Sin duda, una de las razones que hacen que en esta parte de España se produzca un vino de tal calidad es por las características del terreno y por el clima.
Los suelos de Castilla, en comparación con los de otras zonas de España, son suelos pobres, con escasas precipitaciones. La agricultura castellana es una agricultura de secano. En la región encontramos suelos variados: arcillosos, arenosos, calizos, pero todos ellos, de limitada fertilidad. Esto hace que las cepas produzcan poca cantidad de uva, pero, en cambio, que concentren el sabor y el aroma en la baya.
La altitud del terreno es otro factor que influye en la calidad del vino. La meseta castellana se encuentra entre los 700 y los 1.000 metros sobre el nivel del mar. Esto hace que el contraste de temperaturas entre una estación y otra sea más marcado. Con inviernos fríos y veranos soleados y calurosos. Un contraste, sin valores intermedios, que favorece una maduración equilibrada de la uva.
Que se recurra a la uva Tempranillo para plantar los viñedos, como sucede en otras regiones españolas de interior, es precisamente porque esta variedad de uva se adapta mejor a las condiciones del terreno y a la climatología.
Hasta aquí, apreciamos unas condiciones que podríamos encontrar en otras partes de España; sin embargo, es la presencia del Río Duero y sus afluentes, los que matizan las condiciones creando un microclima que hace que el producto final, el vino, sea diferente. El Duero aporta un plus de humedad que contrarresta la sequedad del terreno, manteniendo la tierra ligeramente húmeda, incluso en los veranos más calurosos.
La calidad por encima de la cantidad.
Un rasgo grabado en el ADN de la marca, desde su origen, es la búsqueda incansable de la calidad. Como señala la web Ruta del Vino Ribera del Duero, el Consejo Regulador realiza un examen anual, añada tras añada, a través de un Comité Excepcional de Calificación de la Cosecha, con la que mediante una cata efectuada por sumilleres profesionales, califica los vinos. Esta puntuación se completa con datos técnicos que controla el Consejo Regulador.
Hay que remarcar que la cata se efectúa a ciegas, de manera que el criterio de los expertos no se pueda ver condicionado. Se realiza antes de que el vino salga al mercado, y en la cata se valoran el aroma, el sabor y el equilibrio de los vinos.
Con la opinión de los profesionales y los datos técnicos objetivos, se establece una puntuación. Solo los vinos que superan los criterios fijados por el Consejo Regulador reciben el sello de garantía oficial que se estampa en la contra-etiqueta de la botella.
El Consejo Regulador está encima de todo el proceso. Desde la plantación, cuidado y recogida de la uva, hasta la elaboración del vino en la bodega. Dando orientaciones y recomendaciones a los productores para que obtengan el vino con la mejor calidad posible.
Este Consejo tiene el historial de cada cosecha, gracias al cual puede sacar conclusiones que vayan perfeccionando el proceso de producción. Del mismo modo maneja una información privilegiada sobre los gustos de los consumidores y sobre el comportamiento de cada vino en el mercado, que permite ir sacando vinos cada vez más exitosos.
Esta es una de las claves que ha permitido que Ribera del Duero se haya convertido en uno de los vinos más apreciados en el mundo. Una política de la que no se benefician solo unas pocas bodegas, sino todo el territorio que abarca la Denominación de Origen.
Tradición y oficio.
Que el nombre Ribera del Duero no tenga más que 45 años de antigüedad, no quiere decir que no hubiera tradición vinícola en la región. Todo lo contrario. El hecho de que se produjera vino en la zona, desde tiempos inmemoriales, es lo que ha permitido que se haya podido dar un avance tan grande en tan poco tiempo.
El desarrollo de la producción vinícola en España está ligado, en gran medida, al Camino de Santiago. En especial, al llamado camino francés, el transitado por la mayoría de los peregrinos que venían de Europa.
Una de las paradas principales de este camino era la ciudad de Burgos. Una ciudad que floreció al cobijo del camino. Lo que hoy es la Ribera del Duero, era la que abastecía de vino a la ciudad. A su catedral, a los peregrinos y a los habitantes del burgo.
En el siglo XIII aparecen las primeras bodegas excavadas en el interior de algunas villas. La producción de vino se convierte en un pilar fundamental del desarrollo económico y cultural de la región.
En el siglo XV se establecen las Ordenanzas de Castilla, en las que se fijan medidas destinadas al control de la producción y comercialización del vino. Cuando los reyes católicos y, posteriormente, Carlos V, se establecían temporalmente en Valladolid con su corte, se surtían de los vinos de la zona. Mucho antes de que se conociera como Ribera del Duero.
En 1927 se funda en Peñafiel (Valladolid), la bodega Protos, creada por pequeños viticultores locales. Esta bodega fue decisiva en la constitución de la Denominación de Origen. En 1931 venden sus vinos con el nombre “Ribera del Duero” y en 1947 se constituyen como “Cooperativa Ribera del Duero”.
En el proceso de creación de la Denominación de Origen, cederán ese nombre a los vinos producidos en la región.
Algunas diferencias con La Rioja.
Cuando hablamos de los vinos Ribera del Duero, es inevitable la comparación con La Rioja. No queremos alimentar la polémica, ni decantarnos por unos o por otros, diciendo cuál de los dos es mejor. Pero es evidente que son diferentes.
La web de expertos en vino Babilonia Summer Club señala que mientras que los vinos Ribera del Duero son famosos por sus sabores intensos y su estructura potente, los de La Rioja destacan más por su elegancia y sutileza.
Cabe destacar que Ribera del Duero trabaja, podríamos decir al 100%, con uva Tempranillo, mientras que La Rioja permite mezclarla con otras variedades como Merlot o Cabernet Souvignon.
La altitud y el clima también son diferentes. Los viñedos de Ribera del Duero están plantados en terrenos más altos, con un mayor contraste de temperaturas, lo que hace que los sabores y aromas se concentren más en la uva, mientras el clima de La Rioja es más suave.
Siendo estrictos, los dos vinos son distintos. Por lo que no sería justo hacer una comparación entre ellos. La inclinación por uno o por otro es cuestión de gustos.

